Actualización 16.12.2019
Curaduría: Ximena Gama. Ver catálogo
Investigadores: Adriana Serrano Murcia. Nancy Prada Prada. Rocío Martínez Montoya.
Itinerancias: Bogotá
La exposición Cuerpos que persisten: huellas y testimonios de las mujeres víctimas de violencia sexual en la guerra está compuesta por narrativas de dolor y dignidad de distintas mujeres que, a través del trabajo de reconstrucción de sus memorias, han dado voz a quienes no la tienen y han posibilitado recuperar la memoria de otras, de las mujeres no sobrevivientes, de las que en los lugares más recónditos del país no han podido narrar el horror de las violencias que hombres, armados y no, han ejercido sobre ellas.
La violencia sexual ha sido usada por todos los actores armados implicados en la guerra colombiana, con intensidades y formas diferenciadas, tanto en escenarios de disputa armada como de control territorial, y ha perseguido distintos fines, entre ellos, acallar las voces de las lideresas, apropiarse de los cuerpos de niñas y adolescentes, castigar al enemigo e incluso disciplinar los cuerpos de las mujeres combatientes. El conflicto armado en el país ha exacerbado los contextos patriarcales que sostienen las inequidades de género, al tiempo que ha producido y reproducido masculinidades guerreras y despóticas. Ambas cosas constituyen el caldo de cultivo de la violencia sexual que han sufrido las víctimas.
A partir de diversos trabajos de investigación realizados por el Centro Nacional de Memoria Histórica la exposición recoge algunos testimonios y huellas mediante los cuales las mujeres, como sujetas políticas, encuentran lenguajes que permiten enunciar aquello que resulta “inaudible”, con el propósito de interpelar a una sociedad que no en pocos casos ha sido permisiva e indiferente, para que se termine la nefasta metáfora que convierte a las mujeres en sinónimos de territorios y objetos en disputa.
Las organizaciones y colectivos de mujeres han emprendido la labor de investigar y denunciar las formas diferenciales en que el conflicto armado ha afectado a las mujeres. Este esfuerzo ha permitido visibilizar la magnitud del ensañamiento con el que la guerra, a través de la violencia sexual, ha inscrito el horror en el cuerpo de las mujeres, así como las formas en que de manera perversa se ha devuelto a las víctimas la culpa, se les ha estigmatizado y revictimizado. A la par, son las mujeres quienes han realizado una labor de encuentro y de diálogo como alternativa de reparación: la literatura y la poesía, el dibujo y la pintura, la música y el teatro se han convertido en su vehículo para acercarse a la memoria del dolor y el sufrimiento, en una multiplicidad de voces que se resisten al olvido.
Este conjunto de objetos artísticos, que se alejan por momentos de la mirada propia de otro tipo de archivos (históricos y judiciales), resaltan más bien las inscripciones de las memorias de la violencia que han quedado en los cuerpos. Cada una de estas iniciativas se construye como gesto perdurable en el tiempo, en un clamor porque estas atrocidades no vuelvan a ocurrir y perdure el testimonio de la supervivencia de las mujeres. En este encuentro de voces y de silencios, las mujeres que han contribuido a la muestra y que han sido víctimas de esta violencia han interrumpido momentáneamente las dinámicas del terror y han creado nuevas formas de actuar. El lugar de la memoria es aquí el lugar del testimonio, un testimonio que es resistencia y una resistencia que también es el lugar del cuerpo, de su cuerpo. Las personas víctimas de violencia sexual han hablado, han expuesto su dolor y sufrimiento, ahora es responsabilidad de todos los sectores de la sociedad garantizar que estos hechos no se repitan nunca más.