Por: Manuela Ochoa
Carolina Caycedo nunca terminó la carrera de Derecho. Se graduó de artista, descubrió el performance y su capacidad de crear reflexiones sobre la sociedad en la que vivimos. Desde sus primeros proyectos como El museo de la calle, una vitrina móvil para hacer trueques entre diferentes ciudadanos, Carolina entendió que no quería ser una artista aislada en un taller. Quería salir a la calle y trabajar junto a otras personas.
Su interés por la creación colectiva tomó más fuerza cuando fue inmigrante, primero en Inglaterra y más adelante en Puerto Rico. Poco a poco armó una red de amigos y colaboradores. “El hecho de colaborar y trabajar con más personas es una forma de hacer ciudadanía. De tener un pie en la tierra. Siento la responsabilidad como artista de construir sociedad, desde lo que sé hacer que es crear imágenes”, dice Carolina.
En 2011 leyó un titular que decía “El río no se deja desviar”. Le llamó la atención cómo el artículo convertía al río Magdalena o ‘Yuma’ en un personaje que crecía para evitar la desviación impuesta por la represa hidroeléctrica del Quimbo. Las comunidades afectadas por el megaproyecto no tuvieron espacios suficientes para negociar y sentar su posición. Luego de que Emgesa comprara masivamente los predios, siguiera el hostigamiento y además se registraran continuas inundaciones, muchos campesinos se vieron obligados a abandonar sus tierras. El desequilibrio ecológico causado por la represa afectó principalmente a los pescadores artesanales de la región, que han tenido que dedicarse a otros oficios para no morir de hambre.
Impactada por la situación en el Huila, Carolina viajó a la Jagua y desarrolló una serie de obras que llamó Represa/represión o en inglés, Be dammed. En el proceso se unió al Movimiento Ríos Vivos, que lucha por los derechos de las comunidades de todo el país perjudicadas por la puesta en marcha de represas. También conoció a Zoila Ninco, una defensora del río Magdalena que la introdujo al mundo de la pesca con atarraya, la red circular que los campesinos lanzan al aire.
Lanzar la atarraya, a pesar de las circunstancias adversas, es un acto de resistencia campesina, pues reafirma que el río no le pertenece a una empresa privada. “No es un gesto terco. Es una práctica que habla de la continuidad de una forma de vida y de una cultura que ha sido transmitida por generaciones”, afirma Carolina.
“Una atarraya equivale a la soberanía alimentaria de las comunidades ribereñas, de campesinas y pescadores. Una atarraya contiene la sabiduría del tejido y a través de la atarraya las pescadoras y los pescadores encarnan el conocimiento de los tiempos del río, de sus corrientes y de sus crecientes”, lee Carolina en voz alta, mientras Zoila lanza la atarraya una y otra vez. Es un fragmento del performance Atarraya, que el Museo Nacional de la Memoria presentará al público de la Feria Internacional del Libro.
Cabildo del Resguardo Indígena de La Paila Naya
Consejo Comunitario del Río Yurumanguí y Asociación Popular de Negros Unidos del Río Yurumanguí.
Colectivo Radio Laboratorio
Maria Alejandra Ordoñez
Fundación Prolongar
Artesanal Tecnológica y Costurero Tejedoras por la Memoria de Sonsón
Colectivo Antónima
Colectivo supresión alternativa