Memoria, dividido y nunca completo

  • Néstor Andrés Peña
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    • Obra
    • Contexto

    Esta videoinstalación presenta un mapa de Colombia incompleto y en movimiento. Aparece y desaparece, siempre fragmentado. Unas líneas o vectores entrelazados se mueven lentamente y con su movimiento, el mapa cambia. Se pueden entrever unas zonas, que como piezas de un rompecabezas, se acomodan y se desacomodan. La imagen siempre es diferente y siempre da la sensación de estar incompleta. Es una forma de ver un país en la que la memoria está en disputa y en la que zonas enteras golpeadas por la pobreza y la violencia se olvidan, ‘desaparecen’ del mapa. También alude a la polarización que divide a los colombianos frente a temas cruciales, como ocurrió el 2 de octubre de 2016 en la que un poco más de la mitad del país votó por el “no” a los Acuerdos de paz firmados en la Habana. Memoria, dividido y nunca completo es un mapa en blanco y negro, en la que el territorio nunca es uniforme. 

    Las consecuencias que ha dejado el conflicto armado colombiano son difíciles de medir. Sin embargo, se calcula que de 1985 al 2012 el saldo de personas asesinadas asciende a más de 220.000, de las cuales el 80% han sido civiles. Sin embargo, el desarrollo del conflicto no ha sido nunca uniforme, temporal ni regional. Durante la década de 1980 y principios de 1990 la crudeza de la guerra creció por cuenta de los carteles de la droga.

    Una vez Pablo Escobar fue dado de baja, el negocio del narcotráfico quedó en manos de las guerrillas y los paramilitares, lo que contribuyó a que se encendiera el conflicto entre grupos armados desde 1996 al 2005. En total, una tercera parte de los municipios del país ha vivido de cerca la realidad de la guerra, pero sobre todo en la áreas rurales.

    Casi cuatro años duraron las negociaciones para la terminación del conflicto entre el Gobierno y las FARC, la guerrilla más antigua de Colombia y de América Latina. En correspondencia con las lecciones aprendidas de procesos de paz como el de Guatemala (1996), El Salvador (1992) o Irlanda del Norte (1998), se reconoció la necesidad de involucrar a las víctimas en las negociaciones.

    La aprobación del Acuerdo de Paz, el primer brochazo de un largo camino hacia la desmovilización, se convirtió en un eje de polarización de la sociedad colombiana. Durante la primera parte del 2016 se vivió una etapa de gran incertidumbre frente al proceso. Cuando finalmente se llevó a las urnas para su aprobación y legitimación popular el 2 de octubre, éste fue rechazado por un margen de tan solo 0.5%.