Matar a Jesús

  • 2017
  • Laura Mora
  • Audiovisual
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  • Obra
  • Contexto

Paula, una estudiante de arte se propone matar al sicario de su padre. Lo encuentra de casualidad y sin delatar sus intenciones empieza a construir una relación con él. Jesús, el asesino, le abre sus puertas: le presenta a su mamá, la lleva al río, le enseña a disparar, la defiende de otros criminales. Paula lo tiene cada vez más cerca, pero matarlo no es una decisión fácil. Esta no es una película de acción sino una historia posible entre las decenas de miles de asesinatos que ha sufrido Medellín en las últimas décadas.

Matar a Jesús es una reflexión ética sobre la venganza que parte de un hecho autobiográfico: el padre de Laura Mora, la directora, también fue asesinado. A raíz de su muerte le surgieron preguntas que desarrolla con sensibilidad en la película: ¿hasta dónde puede llegar la empatía por un asesino?, ¿hasta dónde el odio?, ¿quién debe hacer justicia si el Estado no la hace?, ¿qué tan válido es sentir sed de venganza?, ¿sentir culpa?, ¿y cómo se enfrentan y se castigan esas culpas? Mora cuenta una historia difícil que se mueve entre la empatía, el miedo, la resignación, el desprecio y la impotencia.

Aunque se le llame “violencia”, en general, el informe Medellín: memorias de una guerra urbana, del Centro Nacional de Memoria Histórica, explica que en Medellín ha existido una superposición de distintas violencias: “desde las agenciadas por actores armados (guerrillas, paramilitares, sectores de la fuerza pública), por actores del crimen organizado (narcotraficantes, bandas, combos) hasta la violencia común, intrafamiliar, callejera y vecinal”.

Según el Observatorio de Memoria del Conflicto, desde 1980 hubo al menos 132.529 víctimas del conflicto armado en la ciudad. El desplazamiento fue de lejos la modalidad más usada, con 106.916 casos. Le siguen el asesinato selectivo, con 19.532, la desaparición forzada, con 2.784, y luego las 1.175 víctimas que dejaron 221 masacres. Sin embargo, como respuesta a esas violencias, Medellín también sobresale por sus iniciativas de memoria y resistencia. “Ha sido siempre un territorio con fuerte vocación de ciudadanía, capaz de transformarse”, escribe Gonzalo Sánchez en el prólogo del informe.