Doble oficio por la entrega digna

  • Asociación Otras voces
  • Constanza Ramírez
  • Artes visuales
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  • Obra
  • Contexto

Doble oficio por la entrega digna es una instalación dentro de un cuarto oscuro. Los visitantes encuentran dos álbumes de fotos sobre dos pedestales. El primero, iluminado por luz cálida, recoge las fotografías y los nombres de los desaparecidos cuyos restos han sido encontrados y entregados. El otro, iluminado por una luz fría, también contiene imágenes pero a diferencia del primero, éstas no están impresas sino proyectadas, y son los rostros de los desaparecidos que aún no han sido hallados.

El papel de ambos álbumes es reciclado; está hecho a partir de los desechos de los papeles usados en los múltiples trámites necesarios para buscar a un familiar desaparecido. La instalación está acompañada por el sonido de relatos orales de los familiares: testimonios que narran las dificultades, los trámites y la larga espera del regreso de los cuerpos de sus seres queridos.

En Colombia, una de las situaciones que han complicado el panorama de la desaparición forzada ha sido la incertidumbre, o por lo menos la discrepancia, en las cifras. El Instituto Nacional de Medicina Legal habla de 90.000 desaparecidos, de los cuales 21.000 habrían sido desaparecidos forzosamente. Según la Unidad de Víctimas, en el país hay 45.000 desaparecidos como resultado del conflicto armado, de los cuales unos 4.500 serían el saldo de acciones del Estado. Eso, sólo por contar algunas de las versiones.

En octubre de 2015, la guerrilla de las Farc y el Gobierno anunciaron el acuerdo para, conjuntamente, emprender la búsqueda de los desaparecidos a causa de la guerra. En ese momento, el defensor del Pueblo, Jorge Armando Otálora, calificó de vergonzoso que el Estado no haya conseguido una cifra consolidada sobre la desaparición, lo que sin duda permitiría dimensionar y actuar al respecto.

El acuerdo prometió conseguir tanta información como sea posible en cada caso, con el fin de dar verdad y reparación a las víctimas. De lograrse, se aliviaría mucho del dolor que esos crímenes han infligido sobre cientos de familias colombianas. Es bien sabido que al perder un ser querido, las personas se enfrentan a un duelo que comienza por saber las causas de la muerte de ese alguien, seguido por prácticas como el funeral, que no sólo son un espacio para el acompañamiento social, sino para hacer conciencia de que el cuerpo con vida no está más.

Pero en el caso de una familia de un desaparecido eso no sucede, los deja en un limbo y una incertidumbre difíciles de sobrellevar. No hay explicaciones, no hay paradero de los cuerpos, ni sepultura. Pero incluso cuando las familias recuperan los restos de su ser querido, muchas veces no hay explicaciones, y en vez de asistir a un funeral, hay que acudir a exhumaciones, que si bien pueden ayudar a esclarecer y cerrar un ciclo, también despiertan y reviven dolores e indignación. Todo lo anterior, sin contar que en Colombia, muchas veces, esas acciones de verdad son el resultado de la lucha de las familias y de procesos con frecuencia entorpecidos por la burocracia o la inoperancia de las autoridades.