Crónicas de Nueva Venecia (El Morro), Ciénaga de Pajarales (Magdalena)

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Ciénaga Machete es un blog escrito por Jesús Suárez, habitante de Nueva Venecia, un corregimiento de palafitos del municipio de Sitionuevo, en la Ciénaga Grande de Santa Marta. Suárez ha sido pescador, transportador de agua, escritor de décimas, historiador de su pueblo y periodista. En su blog habla de la vida en el agua, de los recorridos de las canoas, de sus vecinos y de sus padres, de los paisajes de la ciénaga, de los primeros que migraron a ese lugar hace más de un siglo. Cada palabra está atravesada por el hecho que marcó a toda Nueva Venecia: la masacre de 39 personas a manos de paramilitares del Bloque Norte de las AUC el 22 de noviembre de 2000.

“Al norte del pueblo más de uno de sus pobladores ha tenido encuentros sorpresivos con seres del otro mundo: mohanes, brujas voladoras, ánimas en pena o fantasmas. Ahora se enfrentan en cuerpo y alma al mismísimo demonio”, escribe sobre ese día. Muchos venecianos prefieren no hablar de la masacre, pero Suárez les da voz en sus textos: habla por la tendera, por el pescador, por la joven que convirtieron en bruja, por el padre que perdió a su hijo y por el hijo que perdió a su padre.

Suárez no habla solo de lo que perdieron sino de lo que son. De su oficio: “En la pesca de lisa grande usaba una vara de ocho pies de longitud, con dos o tres clavos puntiagudos en uno de sus extremos”. Del paisaje: “Un rancho de horcaduras de palmiches, cubierta de mangles, pedazos de guaduas y techos de palmas amargas; el lugar donde convivía con mi madre y sus diecisiete hijos”. De la fiesta: “Todos los años, al amanecer del día de San Sebastián, se escuchaban las algarabías de un ‘baile negro’,  que no había parado los instrumentos y el constante canto un solo minuto durante la larga y oscura noche.”

Nueva Venecia es un corregimiento que flota en el agua de la Ciénaga Grande de Santa Marta, Magdalena. Tiene casas de madera pintadas de colores y canoas amarradas al pie de las puertas. Allí viven unas dos mil personas, casi todos pescadores.

Aunque no les faltaban problemas, como tener que viajar horas para conseguir agua potable o niños enfermos por esa misma razón, su historia se partió en dos el 22 de noviembre del 2000, cuando más de 50 paramilitares del Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) llegaron en la madrugada y masacraron a 39 personas. El terror hizo que se desplazaran  alrededor de mil personas. “Cada hora que transcurría”, dice Jesús Suárez en uno de sus textos, “se iba transformando en un pueblo fantasma”.

Ese día llegó la violencia en canoa, un informe del Centro Nacional de Memoria Histórica (2015), explica que los impactos de la masacre no fueron solo las pérdidas humanas y materiales, sino que los oficios y la cultura de los que se desplazaron eran específicos de su contexto, y que pasar del agua a la tierra en un contexto urbano provocó un fuerte choque en términos culturales y sociales. Las condición de marginalidad que enfrentaron a partir del desplazamiento forzado conllevó que la comunidad empezara a retornar, aun cuando no había garantías de seguridad por parte del Estado. Apenas cuatro años más tarde, después de idas y vueltas, instalaron una estación de policía. En 2011 una sentencia de Justicia y Paz ordenó al Estado conmemorar la masacre, pedir perdón público y que contara la verdad de lo sucedido.