Caquetá

  • Miguel Ángel Rojas
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En Caquetá, un hombre con camisa verde y maquillaje de camuflaje militar se limpia la cara con agua. Lo hace con sus brazos mutilados. El hombre es un teniente del Ejército Nacional que comandaba un escuadrón cuando, sin darse cuenta, activó una bomba que había sido amarrada al tronco de un árbol. Perdió sus manos y antebrazos.

Miguel Ángel Rojas, autor de esta obra, afirmó: “este episodio de horror me produjo una profunda impresión, pensé en él varios meses, al tiempo que definía como tratarlo. La misma narración del suceso que había hecho el militar frente al jardín en mi taller y de la cual desafortunadamente no quedó ningún registro determinó que el medio adecuado fuera el video, de ella también se originó la ambientación del video, una cortina de hojas. Pero lo más importante como en el caso de mi obra anterior “David”, fue la certeza de hacer una denuncia de lo absurdo de una guerra fratricida que nos consume como un monstruoso Goliat irracional y sanguinario.”

Según el informe “Esa mina llevaba mi nombre”, publicado en 2016 por el CNMH, en Colombia no existen registros exactos sobre cuándo las guerrillas empezaron a usar minas antipersonal: los conteos oficiales de víctimas datan desde 1990, pero se sabe que fue una táctica de guerra copiada de otros conflictos de los años setenta. Desde 1990 hasta el 31 de mayo de 2016 se habían contabilizado 11.542 personas afectadas en Colombia, 61 por ciento eran militares y 39 por ciento personas ajenas al conflicto armado.

Jody Williams, escribió al respecto: “Las Minas Antipersonal son armas de terror, fueron diseñadas para mutilar a un enemigo y causar pánico entre los combatientes que lo rodean. Normalmente, las lesiones causadas por estas armas requieren más atención médica, más transfusiones de sangre y más rehabilitación después de cirugías que otras heridas causadas por otros tipos de armas. En otras palabras, los combatientes heridos por Minas Antipersonal pueden superar la capacidad de un sistema logístico militar.”