Cuerpo

El cuerpo es el medio por el cual la persona siente, vive y aprende: es el vehículo de la experiencia

Autora: Pilar Riaño-Alcalá. Coautores: Cristina Lleras, Lorena Luengas, Luis Carlos Manjarrés y  Martha Nubia Bello.

No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra
Alexiévich, 2015

Ahora sé que lo que realmente produce la guerra es deshumanización, odio y destrucción. Aprendí con el teatro que todos los que estábamos allí guardábamos inmensos dolores, unos por terminar convirtiéndose en victimarios y otros por todo el daño recibido (CNMH, 2014).
Las mujeres no parimos hijos e hijaspara la guerra. Ruta Pacífica de Mujeres por la Paz *Eslogan de Ruta Pacífica de las Mujeres, movimiento feminista que trabaja por la tramitación negociada del conflicto armado en Colombia. Para mayor información, puede consultarse www.rutapacifica.org.co.

El cuerpo es el medio por el cual la persona siente, vive y aprende: es el vehículo de la experiencia. Cuando la experiencia de vida es atravesada por la guerra, el cuerpo es el elemento directo sobre el que se encarna la memoria de la violencia, como archivo de la vivencia de esos acontecimientos y el lugar de inscripción de las marcas, heridas y las memorias. Igualmente, el cuerpo es organismo, una totalidad física, orgánica, emocional, sensorial y de agencia, que y actúa porque hay un sujeto-persona que lo potencia. Pero ese organismo o cuerpo individual no existe de manera aislada, sino que forma parte de una red de identidades y vínculos afectivos, sociales y políticos, de unos cuerpos en conjunto con otros cuerpos: los “cuerpos colectivos.”

El cuerpo puede entenderse desde su biología y corporalidad como en los modos en que acarrea el ser y la identidad de las personas, es decir, sus dimensiones subjetivas, relacionales, simbólicas y sensoriales. El ser humano, aclara Olaya Fernández (2012: 363), no “es cuerpo en sentido abstracto, sino que es materia­lidad que se manifiesta como carne vivida y situada.” En cada sociedad y cultura, y en cada periodo histórico, se construyen unos ideales y expectativas sobre el cuerpo humano y la diferencia sexual y física. Se cimienta un modo de entender lo corporal y sus roles y se establecen unas asociaciones entre cuerpo y ser, género y sexualidad: ideas y expectativas de lo que constituye la masculinidad y la feminidad, la belleza y apariencia, y el comportamiento. El cuerpo, por consiguiente, constituye un lugar específico “donde se vive y se transmite el poder” (Blair, 2010: 36) y sobre el que operan unas relaciones que lo inscriben en sistemas de relaciones, valoraciones y modos de comportarse.

El cuerpo, entonces, es depósito de normas, esquemas y símbolos culturales: se inscriben en él reglas de comportamiento, se le ubica en el espacio social, y en cada momento histórico y bajo regímenes e ideologías políticas específicas los cuerpos se hacen vehículos de diferencia en relación con el género, la edad, el color de la piel, etc. Paul Connerton (1989) señala cómo históricamente el establecimiento de un nuevo régimen esta acompañado de un claro intento por establecer nuevas prácticas corporales. Así, durante el periodo revolucionario en Francia entre 1791 y 1795, la ropa de los ciudadanos y los uniformes se transforman en estilo y forma con el deseo de eliminar barreras sociales y de estatus y de permitir una mayor libertad de movimiento y corporal. Michelle Cameron (2008) describe cómo antes de la colonización europea los pueblos indígenas en Norteamérica manejaban y manejan hoy la noción de una identidad “dos espíritus”: no se ven ni como hombre ni como mujer, sino que pertenecen a otros géneros en un sistema de múltiples géneros.

Estos procesos de concepción, clasificación y valoración del cuerpo pasan por la asignación de categorías móviles, circunstanciales y contextuales, dadas por los sujetos-cuerpos que interactúan entre sí. En contextos de guerra y confrontación armada, estos procesos se ven reflejados en la circulación de ideas que establecen la valoración negativa y el tratamiento violento a personas que se juzgan diferentes, enemigos u objetivos estratégicos por parte de los actores sociales involucrados en el conflicto (Suárez, 2007). Esos procesos también regulan las maneras en que la guerra ordena, disciplina y se inscribe en los cuerpos de las personas combatientes, de aquellos a quienes se reclutan forzosamente o de quienes se perciben como sus mártires, héroes, guerreros o victimarios (Aranguren, 2011; Blair, 2010). La militarización de los combatientes opera en sus cuerpos, emociones e ideas, y para ello los ejércitos usan estrategias como la desensibilización (creación de distancias físicas y sicológicas) y la coerción, es decir, la coacción para que inflijan violencia física o sexual sobre otras personas (Dolan, 2018).

En las confrontaciones armadas, los diversos actores en competencia por el control ponen en juego unas estrategias de poder que operan a través de mecanismos de violencia parcial (tortura, violaciones, requisas) o total (muerte, desapariciones), y que buscan debilitar física y emocionalmente a quienes se perciben como enemigos o “los otros” (Blair, 2010).  El cuerpo en la guerra es una superficie material y simbólica sobre la que se inscriben y ponen en juego los conflictos, las regulaciones, las luchas sociales, los deseos y los repertorios de violencia. Este carácter del cuerpo, como lugar expresivo y de inscripción de las violencias y tecnologías del poder, es el que le otorga su capacidad narrativa y comunicadora dentro del Museo.

Dado que el cuerpo es un medio para sentir, experimentar y aprender, y que los museos son espacios donde los cuerpos se relacionan y transitan, el MMHC pregunta sobre qué pasa con los cuerpos en la guerra: ¿qué le hace la guerra al cuerpo?, ¿qué hace el cuerpo en la guerra?, ¿cómo cuenta el cuerpo la guerra?

Las técnicas de inscripción del poder

Dos estrategias de inscripción de poder sobre el cuerpo en la guerra permiten explicar y narrar los repertorios de violencia y sus intenciones: los intentos por desposeer de su humanidad a las personas que se perciben como diferentes o enemigas o sin valor y los intentos por militarizar los cuerpos de niños, jóvenes, hombres y mujeres.

Repertorios de violencia y deshumanización

La violencia toma el cuerpo como un lugar de inscripción, un instrumento para ejercer control, ordenar o alcanzar un objetivo, un medio de comunicación para aleccionar, castigar, intimidar y sembrar el terror. Sobre los cuerpos se ejercen en la guerra ordenamientos e inscripciones que dan cuenta de su carácter político y simbólico: se regula cómo vestirse y comportarse, se infligen heridas o tatuajes o mutilaciones (Aranguren, 2011; Blair, 2010). En las exposiciones del Museo esperamos comunicar que los repertorios de violencia usados en el conflicto armado colombiano atacan y buscan ocasionar sufrimiento al cuerpo para acallarle como sujeto social y político, o para despojar a las personas de su humanidad mediante el trato brutal y degradante inherente a tales acciones.

La estigmatización, la intolerancia, y la eliminación de las diferencias y del disenso político han caracterizado al conflicto armado colombiano.

El cuerpo en la guerra sufre física, psicológica, espiritual y existencialmente la violencia de un victimario que pretende silenciar y deshumanizar a la persona o el colectivo al que pertenece para establecer su dominio o poder. Para ello acude a repertorios como la tortura, la desaparición, la violación sexual, la “limpieza social”, el rapto o secuestro, y la instrumentalización (el reclutamiento forzado y adoctrinamiento). Mediante estos repertorios de violencia, que infringen dolor sobre el cuerpo o buscan debilitar al sujeto emocionalmente, se crea una asimetría de poder entre quienes se perciben como humanos y a quienes se les busca negar dicha humanidad (Porcel, 2014; Volpatto y Andrighetto, 2015).

En este escenario, las prácticas como la tortura, la violencia sexual o la desaparición buscan disminuir o anular la potencia del cuerpo (Blair, 2010) y borrar al sujeto. Esto implica que el cuerpo se separa del sujeto y se convierte en un objeto de la represión (Aranguren, 2016). Dicha intención de separación del sujeto-cuerpo y de degradación de su dignidad es lo que se entiende por deshumanización. Hacer ver a quienes son sujetos de la victimización como menos que humanos, o indeseables cuyas vidas no tienen valor, pretende justificar los horrores y crímenes que se cometen sobre estas personas y grupos, y resulta del ejercicio de unas técnicas de poder sobre el cuerpo al que se ataca (Maiese, 2003). A lo largo de la historia, la deshumanización del “otro” ha sido un componente central en las atrocidades perpetradas hacia ciertos grupos de personas, a quienes su diferencia se construye como amenaza durante periodos de violencia masiva y de guerra (Volpatto y Andrighetto, 2015).

La deshumanización comprende actos y emociones muy diversos, mediante los que se busca aniquilar el sujeto o degradarlo como persona. La deshumanización, sin embargo, no describe todas las maneras mediante las que se busca silenciar a ciertas personas ni es el único propósito que subyace a los intentos por humillar, castigar y controlar a quien se considera enemigo. En eventos de violencia extrema, como las masacres, por ejemplo, se pone en escena la enemistad absoluta, y esto implica una relación marcada por sentimientos de odio y hostilidad: “La víctima no es indiferente para el victimario, sino que es la depositaria de una hostilidad agravada y un odio extremo. El exceso es impulsado por las pasiones proyectadas por el enemigo y no por la indiferencia” (Suárez, 2007: 33)

En el contexto colombiano, el poder se ejerce sobre los cuerpos diferentes o que se desvían de lo normado, como los de las mujeres y jóvenes adolescentes, o los de las poblaciones trans, gais o lesbianas, o los de los lideres sociales, o los de trabajadores sexuales, o los de los habitantes de la calle.[1] Estos repertorios de violencia se yuxtaponen y son posibles por la presencia de violencias estructurales y cotidianas, como el racismo y la violencia sexual, que se reproducen dentro y fuera de contextos de guerra.

La violencia en el marco del conflicto armado arraiga y profundiza otras violencias como la sexual, de género, racial, étnica, intrafamiliar y de clase.

Las violencias se ejercen también sobre aquellas personas o colectivos que, en el marco de las doctrinas de seguridad nacional, se construyeron como grave amenaza, como “enemigo interno.” Esta construcción, heredada de la aplicación de doctrinas de seguridad nacional en Latinoamérica y en Colombia[1], tiene como resultado la estigmatización de poblaciones enteras o de agrupaciones políticas o cívicas como enemigos sobre los cuales se ejerce una represión dirigida a su desaparición como cuerpo individual y colectivo, y a interrumpir la expansión de ciertas ideologías y sus proyectos políticos (Aranguren, 2015).

El cuerpo se utiliza como medio de comunicación. A través de él se envían mensajes, se alecciona y se castiga a una red de cuerpos circundantes para ejercer poder sobre cuerpos colectivos. Funciona como advertencia o medio de manipulación y coerción, al eliminar u ocultar cualquier rastro de su presencia. Así es como se ataca y dispone, en ciertos espacios, de los cuerpos victimizados en masacres, asesinatos selectivos o de hechos violentos contra personas, que en el caso colombiano se sepultaron en fosas improvisadas o se arrojaron a los ríos con la intención de desaparecer cualquier evidencia de su existencia o de enviar un mensaje coercitivo o de instauración de miedo.

CUERPO
Adolorido
Sometido (por el poder)
Colonizado
Estigmatizado
Desaparecido/ausente
Censurado
Hecho objeto de placer
Agredido
Entrenado
Disciplinado
Silenciado
Exhumado
Restituido
Rescatado
Recordado
Dignificado
Que resiste
Amado
Protegido

Militarización y las micro políticas corporales de la guerra

Durante periodos de intensos conflictos armados, violencia criminal y política, la población se encuentra sujeta a regímenes militarizados de sus vidas o a la imposición de ideas militaristas sobre sus cuerpos y entorno. La militarización es un proceso gradual de transformación mediante el cual una persona, grupo social o sistema llega a depender de ideas con un espíritu o disciplina militarista para su funcionamiento cotidiano e incluso para su bienestar (Enloe, 2000). Esta se inserta en la vida social de múltiples maneras, cuando se promueve el uso de la violencia como un medio aceptable para obtener fines políticos o para resolver conflictos, cuando se ponen en efecto sistemas armados de vigilancia en los espacios domésticos, cuando se instauran discursos que construyen a quienes se oponen a ciertas políticas o sistemas como peligro y al permear la vida social y económica, las maneras de pensar la seguridad o el honor, e incluso los modos de vestir, jugar e imaginar (Denov y MacLure, 2007; Enloe, 2000; Woodward, 2014).

La militarización de la vida social tiende a borrar u oscurecer las fronteras entre vida militar y civil, y diluye u oscurece los limites establecidos en el contrato social para la presencia y accionar militar.  Las personas o las sociedades se militarizan cuando asumen que lógicas y premisas militaristas, como la presencia de ejércitos o personas armadas en los ámbitos más privados y cotidianos, el reclutamiento de niños y jóvenes, los controles callejeros o las prácticas de “limpieza social”, no solo son útiles sino normales. Dicho militarismo de la vida social es a la vez expresión de una cultura patriarcal que fomenta la agresión y uso de la fuerza física como cualidades de una “verdadera masculinidad” (Ruta Pacífica de las mujeres, 2013).

En estos contextos, la militarización se inscribe en los cuerpos mediante una serie de micro políticas corporales que se visualizan tanto en los cuerpos de los combatientes como en los de las personas victimizadas, así como en las relaciones de género y raciales, o entre adultos y niños (Blair, 2010). El ordenamiento y disciplinamiento de los cuerpos, de los modos de vestir, circular, hacer y hablar de las personas, ha sido parte esencial del militarismo y del control territorial y social que los diversos actores armados establecen sobre aquellas comunidades a las que se estigmatiza como colaboradoras de sus enemigos o como objetivo estratégico para solidificar dominios territoriales.

Estos procesos de control corporal también se ejercen sobre los cuerpos de los combatientes, es decir, sobre aquellos sujetos que se vinculan de manera voluntaria o bajo coerción a los grupos armados. La guerra militariza el cuerpo del combatiente mediante ordenamientos y disciplinas (técnicas del cuerpo) que lo forman como guerrero y/o victimario. La militarización opera una transformación personal y política sobre sus cuerpos y se cimenta en ciertas ideas militarizadas de la masculinidad y la feminidad (Enloe, 2000; Theidon, 2009). Este también es un proceso gradual de aprendizaje de normas, hábitos y de adquisición de ciertas competencias, un proceso de socialización (Vásquez, 2000). Ideas como el coraje, el autosacrificio y el heroísmo se inscriben en el cuerpo del combatiente en hábitos, posturas, aptitudes (agilidad, fortaleza) y actitudes (Aranguren, 2011), y llegan a moldear su sentido de identidad y universo de valores. Como lo expresa Juan Pablo Aranguren,

Estas formas particulares de discurso van inscribiendo en el cuerpo de los combatientes una serie de signos, trazas o marcas que hablan de la asimilación de las relaciones simbólicas vehiculizadas por el discurso bélico, de las identificaciones de estas formas discursivas con el modelo-imagen del ser guerrero o, en general de las incorporaciones de estas formas discursivas (Aranguren,  2011:12).

La construcción de ciertas formas de masculinidad (violenta) no es incidental a la guerra sino que por el contrario es esencial para el mantenimiento de un régimen militarizado (Dolan, 2013; Theidon, 2009). Theidon (2009: 5) hace referencia a una masculinidad militarizada, “esa fusión de ciertas prácticas e imágenes de la masculinidad con el uso de armas, ejercicio de la violencia y el desempeño de una actividad agresiva y masculinidad misógina”. La guerra impone ciertos modelos de masculinidad violenta y coarta o persigue masculinidades alternativas, como claramente lo ilustran la persecución y abuso a personas LGTBI en pueblos como La Libertad y Rincón del Mar, en Montes de María, utilizados por los paramilitares del Bloque Héroes de María.[1] El uso de la violencia se instaura como un medio para lograr la masculinidad-hombría y el reconocimiento.

Las rutinas y la formación militar cimentan a la guerra o el conflicto armado como universo ordenador del combatiente. Un aspecto central del modo como el militarismo y la guerra se incorporan en la subjetividad del combatiente y pueden producir una ruptura con su humanidad es en la manera como los discursos ordenadores de dicho militarismo proceden sobre la corporeidad del combatiente (postura, artefactos, modos de caminar) y cómo a la vez su propia afirmación como guerrero(a) combatiente termina dependiendo del ejercicio de la violencia contra un otro(a) (Aranguren, 2011; Blair, 1999). Por eso los procesos de transición como la desmovilización o la reinserción y las decisiones de renunciar a la militancia en un grupo armado acarrean un proceso de desmilitarización del cuerpo y re aprendizajes.

La decisión de retirarme de la militancia significaba un corte que facilitaba examinar mi pasado con la intención de reflexionar sobre algunas concepciones y hábitos aprendidos y, al hacerlo, transformar aquellos que dificultaban mi convivencia en la nueva situación de legalidad y potenciar los que constituían ventajas para la vida en sociedad.
María Eugenia Vásquez, 2000: 319

¿Qué hace el cuerpo en la guerra? ¿Cómo cuenta la guerra?: relatos de vida, cuerpos biográficos y colectivos

El cuerpo puede contar la guerra desde su magnitud e impacto. El cuerpo en cifras sugiere la magnitud del daño y sus profundos impactos en la vida social y familiar. Entre 1985 y 2016, 10.189 personas fueron víctimas de minas antipersonal y otros artefactos explosivos, 37.712 fueron secuestradas, al menos 15.552 fueron víctimas de violencia sexual, 17.610 niños, niñas y adolescentes fueron reclutados de manera forzada o  utilizados en labores de la guerra y 220.000 personas perdieron sus vidas por causa de la guerra (GMH, 2013; CNMH 2017; Oficina Alto Comisionado por la Paz, 2016). Desde principios de los años setenta, 78.202 personas fueron desaparecidas (CNMH, 2017) y las cifras parciales indican casi 5.000 víctimas de ‘limpieza social’ entre 1988 y 2013 (CNMH, 2016). Los cuerpos ausentes y desaparecidos, los cuerpos violados, adoloridos, mutilados y disciplinados muestran la degradación de la guerra y las repercusiones sobre las personas y sus entornos.

El cuerpo como memoria inscrita revela y comunica la trayectoria de vida y vivencia de la violencia de la persona desde su biografía individual y social. Este cuerpo y su repertorio e inscripción biográfica constituyen uno de los agentes narrativos en la exposición. El cuerpo biográfico les pone rostro y voz a las experiencias de las personas, al traer a la exposición el relato de lo que vivieron e hicieron durante la guerra. Es un cuerpo que cuenta, desde una experiencia íntima y registrada en la piel, lo corpóreo y sus recuerdos y olvidos, pero también cuenta como puente relacional para mostrar cómo estas memorias y marcas individuales hacen parte de otras historias y relatos, de las experiencias de otras personas y grupos, de momentos particulares en la historia de ciertas comunidades o grupos sociales y del mismo país o región.

Cuerpo y marcas corporales son también los lugares desde los que se interroga e interpela a quien visita el Museo, con historias que cuentan cómo personas y comunidades resisten, sobreviven y se recrean en medio de la crisis, y cómo responden individual y colectivamente a los intentos por despojarles de su humanidad o debilitar su capacidad de acción. El cuerpo ha sido blanco y objeto de la violencia, pero en este también se aloja la capacidad de resistir al poder y a los intentos deshumanizadores, y de construir proyectos de emancipadores (Fernández, 2012).

Los cuerpos contarán los innumerables repertorios por la defensa de la vida y por el rescate de la dignidad como seres humanos y sujetos que celebran sus diferencias de género, identidad, sexual, raciales o pensamiento político, así como los actos e inscripciones corporales de oposición y rechazo al disciplinamiento y control. Interrogarán también los dilemas y dificultades del día a día en la guerra: las negociaciones con los victimarios, cuando sobrevivir exige “tomar lados,” los dilemas y las posibilidades del silencio o la solidaridad con quien está siendo victima, las rupturas dentro de la familia y la comunidad, las zonas grises entre víctima y victimario, entre violencia y paz.

La lucha por la vida y por la dignidad se encarna en los cuerpos de muchas personas y movimientos de víctimas. Los grupos de mujeres y feministas han liderado por años marchas, rutas, plantones o caravanas por la paz y contra todas las formas de violencia en múltiples sitios y pueblos del país. Las madres y familiares de las personas desaparecidas, de las secuestradas, y los hijos e hijas por la memoria y contra la impunidad, han emprendido incansables búsquedas de sus familiares y contra el olvido. En las comunidades, los mayores y las familias han preparado rituales y prácticas de cuidado a los muertos para restaurar su dignidad y facilitarles su descanso.

El cuerpo, como lugar de entrada y sujeto narrativo, ofrece una manera de adentrarse a las experiencias y testimonios de las luchas de miles de colombianos y colombianas por la defensa de la vida y el restablecimiento de la dignidad de las víctimas, a quienes se les ha estigmatizado y negado su humanidad. Este cuerpo también contará los procesos de antimilitarización y aprendizaje, mediante los que miles de combatientes reconstruyen sus vidas y buscan restaurar sus mundos sociales.

Largos años de violencia han fomentado la polarización social y política, y han naturalizado las violaciones a los derechos humanos. Por eso esperamos que quienes visitan el Museo comprendan que

el fortalecimiento de la democracia reside en el reconocimiento de la diferencia, el disenso y la diversidad en todas nuestras interacciones.

El reconocimiento de la imbricación de las diferentes formas de violencia en la guerra y el arraigo de sistemas de opresión históricos invita a los diferentes públicos a pensar e imaginar que

es preciso un presente posible para la sociedad colombiana, rechazando las violencias cotidianas en todas las interacciones.

 

  • El cuerpo cuenta: comunicar las memorias de las violencias y las resistencias inscritas en los cuerpos

    • Luis Carlos Manjarrés Martínez
    • 2018
    • 30 pág.

    El cuerpo cuenta: comunicar las memorias de las violencias y las resistencias inscritas en los cuerpos

    Ante la deshumanización de los cuerpos que propone la guerra, estos han buscado formas de recomponerse, reencontrarse y reinventarse. Esas historias aparecen en el eje Cuerpo de la exposición Voces para transformar a Colombia. Allí se ven los lazos que unen relatos a simple vista lejanos, como el de un partido político que se resiste a ser exterminado y el de dos jóvenes de clase alta que sobrevivieron al atentado del Club El Nogal. Luis Carlos Manjarrés, curador de ese eje, cuenta en este texto cómo fue el camino para comunicar un mensaje sobre la necesidad de reconocer las diferencias y el disenso político.

  • Componer/descomponer una pieza. ¿Cómo darles rostro a las víctimas?

    • Claudia Marcela Velandia
    • 2018
    • 13 pág.

    Componer/descomponer una pieza. ¿Cómo darles rostro a las víctimas?

    ¿Cómo contar historias dolorosas sin hablar solo del dolor?, ¿cómo representar en una exposición la fuerza y la dignidad en los relatos de las víctimas? Marcela Velandia, del equipo de curaduría del Eje Cuerpo, presenta en este texto algunos dilemas que enfrentaron a la hora de darles rostro a las víctimas a través de objetos, imágenes y sonidos.

  • Representando colectivos: los restos de la reparación simbólica

    • Lina Pinzón y Santiago Llanos
    • 2018
    • 14 pág.

    Representando colectivos: los restos de la reparación simbólica

    A partir de una metáfora sencilla con una jarra de leche, Santiago Llanos y Lina Pinzón, del Grupo de Reparaciones del Centro Nacional de Memoria Histórica, explican los tipos de daños que se pueden sufrir por el conflicto armado: materiales e inmateriales, individuales y colectivos. Luego cuentan cómo ha sido el trabajo para reparar los daños causados por la violencia en dos casos emblemáticos: el de las organizaciones defensoras de derechos humanos en Meta y el de la Organización Femenina Popular en el Magdalena Medio. Este es un texto sobre los retos y las posibilidades a la hora de acompañar a las víctimas en la reconstrucción de sus memorias.

  • Memorias y emociones: lo psicosocial como una estrategia de acompañamiento a los relatos de la guerra inscritos en el cuerpo

    • Andrés Cancimance López
    • 2018
    • 8 pág.

    Memorias y emociones: lo psicosocial como una estrategia de acompañamiento a los relatos de la guerra inscritos en el cuerpo

    Andrés Cancimance, coordinador del enfoque psicosocial del Centro Nacional de Memoria Histórica, escribe sobre cómo trabajar con personas que han sufrido la violencia del conflicto armado. Aunque parte de su labor es contener emocionalmente a quienes dejan fluir sentimientos asociados a relatos dolorosos, lo psicosocial no se queda ahí. Se trata también de “reconocer y acoger el sufrimiento” del otro, de “comprender que las memorias que una persona que sobrevivió a la guerra nos comparte son antes que nada emociones”. Este texto es una invitación a la empatía y al respeto por esas historias de vida y victimización.

  • Cuerpo y memoria

    • Rocio Martínez Montoya
    • 2018
    • 10 pág.

    Cuerpo y memoria

    En medio de la guerra en Colombia, no todos los cuerpos han sido valorados de la misma forma. Rocío Martínez, investigadora del Centro Nacional de Memoria Histórica, escribe sobre cómo la violencia se ha inscrito en cada uno. En el de las mujeres que han sido cosificadas, en el de los hombres que han reprimido sus sentimientos, en el de los niños que han visto arrebatada su infancia, en el de las personas con identidades sexuales y orientaciones de género que no caben en los imaginarios morales de los armados, en el de los desaparecidos, en el de los desplazados. “Los cuerpos en la guerra han aprendido a lastimar, a dañar, a aniquilar y a asesinar. Han aprendido a aguantar, a callar y a huir. Pero también han aprendido a resistir”.